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Educar en la complejidad

El Ing. José Luis Roces se centra en los desafíos que atraviesa actualmente el sistema educativo y la incidencia de los valores sociales en la propuesta vigente.

Continuando con el análisis de los sistemas educativos que hacíamos en la edición anterior, podríamos iniciar recordando que aparece una urgente e inevitable necesidad de clarificar las competencias en los programas educativos. Pero también aparecen dos preguntas inquietantes para resolver en la nueva agenda educativa del siglo XXI. ¿Cómo aprendemos a decidir y actuar en un contexto de reformulación de valores en la sociedad? ¿Cómo aprendemos a pensar en los dilemas de la complejidad que guíen a una sociedad sustentable?

Cuando nos referimos a los valores existe el riesgo siempre de caer en una enunciación basada en la común aspiración de los miembros de una sociedad. Ese camino es poco práctico, pues tiende a basarse en declaraciones y manifiestos carentes de operatividad. Creemos en los valores como fuente de los comportamientos observables y del diseño de las normas de convivencia de una sociedad.

En esa línea, una educación en valores se debería orientar a que las metodologías, las evaluaciones y los diseños reflejen lo buscado. Un sistema educativo que los reúna necesita evidenciar en forma coherente un conjunto de valores compartidos por cada institución, entre los que sobresalen valores éticos como la honradez, el respeto a las personas y a las normas; valores estéticos como la belleza y la armonía; valores económicos como la eficiencia y la equidad; y valores ecológicos como la sustentabilidad.

Construir una cultura educativa que desarrolle un contexto de convivencia y creación, basada en estos ejes enunciados, consolida un camino superador para las sociedades actuales fragmentadas en el individualismo y en el monopolio de las ideologías.

La segunda pregunta referida a cómo preparar a nuestros estudiantes para enfrentar la complejidad conlleva a una respuesta más profunda. Requiere comprender que las formaciones de nuestras capacidades de pensamiento son evolutivas y de carácter inclusivo. Podemos ir de lo particular a lo general, de las partes al todo, de lo declarativo a lo acumulativo, de la secuencia lineal a la circularidad o la redificación. Esta dinámica del pensamiento está basada en una plasticidad neuronal que hoy sabemos que se entrena y desarrolla. El sistema educativo en su diseño es fuertemente responsable de la formación de personas mejor preparadas para la complejidad del siglo XXI.

Hay una complejidad derivada del número de partes, factores y datos que devienen de un problema determinado, donde la evolución de la informática nos ha servido en forma crucial para abordar situaciones que requerían instrumental y procesamiento, hoy contenido en una laptop o en un “smartphone”. En definitiva, esa no es la que hoy nos debería preocupar.

La otra complejidad es la dinámica, originaria de la interacción de esas múltiples partes adoptando patrones de comportamiento de difícil detección, descripción e interpretación. La actual inteligencia artificial es lo emergente de esas relaciones. Ello precisa de un modo de pensamiento distinto en nuestros alumnos. Un enfoque sistémico, una inteligencia social, una flexibilidad actitudinal, un diseño colaborativo; todas condiciones esenciales para educar en la complejidad.

En el abordaje de estas demandas, sobresale que el mundo educativo está en plena transformación. Como Universidad participamos de varias iniciativas nacionales y globales para comprender los desafíos y las soluciones que aparecen con mayor efectividad. Es un proceso apasionante que requiere de dedicación e iniciativas de experimentación. Lo peor que nos podría pasar es estar contentos simplemente con lo que ya hemos logrado.

La excelencia académica depende de un proceso de mejora permanente. Y ese es el espíritu de la iniciativa estratégica de innovación educativa.