Loading...

El Poder de la Palabra

Cuando cursé la carrera de ingeniería miraba las materias “blandas” con sorna. Consideraba que la época de la comprensión de texto (no científica) era cosa del pasado. Me llevó un tiempo laburando darme cuenta de que había una diferencia fundamental en el progreso profesional entre dos personas que tenían la misma idea: cómo la expresaban. Y no es que la expresión era una herramienta para el desempate. Por el contrario, una mala idea muy bien expresada le ganaba siempre a una buena idea sólo “bien” comunicada.

Si yo hubiese leído esto cuando estaba cursando ingeniería habría dicho (siempre con sorna): y sí, es marketing. Pero habría estado equivocado. Marketinear una idea no es lo mismo que saber expresarla; se puede hacer una sin la otra, pero lo cierto es que ninguna estrategia para transmitir algo a otra persona puede funcionar cuando no hay una buena base comunicativa. Esto por supuesto comienza en el dominio del idioma, su ortografía y gramática. Pero no está limitado a esto; es necesario entender quién está del otro lado, qué sabe y qué no sabe, qué le gustaría y qué está preparado para escuchar. Hace falta conocer el contexto; qué variantes del lenguaje son aceptables o no. Requiere un hilo conductor que tenga cierto orden y ritmo. ¿Y todo para qué? Para mostrarle a la otra persona que sabemos de lo que hablamos, sin necesidad de entrar en infinidad de detalles.

A menudo no se entiende que para vender una idea, no alcanza con “vender la idea”. También tenemos que convencer a la otra persona de que tenemos pleno dominio de esa idea, y de que hemos sido capaces de mirarla como esa otra persona la miraría, y desde mil ángulos más. Para vender una idea, antes tenemos que vendernos a nosotros.