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¿De qué manera inciden los programas educativos de un Centro de Reciclaje en el comportamiento de alumnos de primaria y secundaria? Una graduada de la Maestría en Gestión Ambiental y una tesis que aporta respuestas.

En los últimos años las políticas públicas urbanas han comenzado a contemplar la necesidad de promover la concientización ambiental desde distintos ejes. La educación ambiental se presenta como una vía para llegar a la población, generalmente, en instancias escolares para alcanzar cambios a mediano y largo plazo. Este enfoque motivó a Soledad González Arismendi a llevar a cabo su tesis de la Maestría en Gestión Ambiental del ITBA, orientándola particularmente al programa educativo del Centro de Reciclaje de la Ciudad de Buenos Aires y a su impacto en las actitudes, creencias y comportamientos en los estudiantes que fueron parte.

“Decidí encarar esta investigación porque estaba interesada en comprender qué elementos son necesarios para llevar a las personas de un comportamiento que no es amigable con el ambiente a un hábito sustentable. Sobre todo, porque vivimos en una época con sobreabundancia de información sobre temas ambientales, y la gran mayoría, si bien sabe a nivel racional que separar los residuos es algo positivo, luego, en la práctica no lo hace, y termina siendo meramente una expresión de deseos”, argumenta González Arismendi.

Su investigación, que fue calificada con un 9 y recibió elogios del comité evaluador, se basa en encuestas individuales pre y post visita y entrevistas grupales de seguimiento, además de tomar como marco teórico conceptos de la psicología y la sociología ambiental. Su hipótesis inicial apuntaba a que el Centro Educativo de Reciclaje promueve un cambio de actitud respecto a los residuos y el recicle, pero esto no necesariamente se traduce en el cambio de comportamiento esperado, que implica separar los residuos en origen. “A medida que se desarrolló el proceso, me di cuenta que influenciar la actitud es un objetivo distinto a influenciar el comportamiento, que no se trata de una relación lineal de causa y efecto, como creía al principio. Es sumamente valioso que su alcance se centre puntualmente en las creencias y actitudes de los estudiantes que ingresan al Centro, ya que pueden comprobar cómo se genera el proceso de transformación de residuos, y descubrir que gracias a su propia acción de separar en casa o en la escuela estos desechos ingresan a un nuevo ciclo productivo, evitando el relleno sanitario”, remarca.

Dentro de las conclusiones más destacadas, el trabajo revela que el programa educativo logra un mayor impacto en los alumnos de escuela primaria. La flamante magister ofrece más detalles: “La influencia es mayor y se da tanto en actitud como a nivel de comportamiento, puesto que, se trata de una etapa madurativa en la que hay una necesidad de coherencia interna entre lo que se siente (actitud) lo que se dice (las creencias que se expresan oralmente) y lo que se hace respecto a un tema u objeto, en este caso separar los residuos y también llevarlos hasta el punto o la campana verde”.

Durante su investigación, González Arismendi evidencia las diferencias entre el cambio de comportamiento y el cambio de actitud, dos nociones que se las tienden a considerar como sinónimos, aunque realmente no siempre se manifiestan en conjunto. “Representan caminos educativos diferentes que requieren estrategias distintas. En la modificación de comportamientos van a influir los factores externos, como la infraestructura (en este caso, los dos contenedores para basura y reciclables), su mantenimiento, visibilidad, accesibilidad, así como las regulaciones externas y el seguimiento continuo o refuerzo del hábito de separar. Esto implica que en la modificación de comportamientos es la escuela, como institución pública en sentido amplio, la que tiene mayor protagonismo que la experiencia aislada de una visita educativa”.

Ya con la tranquilidad del deber cumplido, Soledad, que recibirá su diploma en la próxima colación de la Escuela de Postgrado, hace una reflexión sobre los resultados de la cursada de la Maestría en Gestión Ambiental. “Me brindó tanto herramientas analíticas para tener un panorama general de los aspectos más relevantes de la Gestión Ambiental, como herramientas relacionadas con dimensión humana y el carácter interdisciplinario de la formación. Como profesora de Filosofía, me dio las bases para comprender el abordaje de las ciencias físico-naturales que se dedican al ambiente. Por último y no menos importante, me permitió poder introducirme profesionalmente en el mundo ambiental, en el que actualmente me desarrollo, así como conocer a los referentes argentinos, muchos de los cuales son docentes en esta formación”.