Innovador es aquél que siendo creativo, tiene la capacidad de resolver todas las dificultades y desafíos que requiere la tecnología, para que finalmente llegue a un consumidor o usuario y satisfaga una necesidad existente o nueva.
Es frecuente escuchar que los argentinos somos “innovadores”. Quizás esta afirmación sea ya una buena forma de introducirnos al tema, para establecer de entrada una distinción. No quedan dudas a la luz de los acontecimientos políticos, económicos y sociales de los últimos 80 años, que la Argentina como país, es el más colosal experimento de sobrevivencia.
Hemos probado todos los modelos y sistemas y siguiendo los hallazgos de Darwin, nuestra capacidad de adaptabilidad nos ha permitido sobrevivir. Es probable que a ello muchos le llamen la capacidad innovadora de los argentinos. Sin embargo, es importante ponernos de acuerdo que lo que se llama en el mundo “innovación” es el resultado de la acción creadora del ser humano para generar productos o servicios que resuelvan alguna demanda o necesidad.
En ese sentido, la aparición de la Internet es una innovación, como lo fue el láser o el corazón artificial.
Lo que uno le reconoce a los argentinos es una genuina creatividad para encontrar alternativas o cierta disposición permanente a eludir las normas o cambiar los métodos. Pero ello no significa que seamos verdaderos innovadores.
Como dice Adrián Stoppelman, humorista radial:
“La Argentina tiene una capacidad inventiva inigualable: somos capaces de inventar una solución a algunos problemas; pero también de inventar problemas donde no los había….”
Para clarificar este interrogante, en el Diplomado de Liderazgo del CDL del ITBA, les pedimos a los alumnos que investigaran los verdaderos aportes innovadores de los argentinos en distintos campos del conocimiento. Y encontraron algunos, no muchos como para confirmar las dudas de nuestras capacidades.
Los más impactantes sin lugar a dudas se encuentran en el campo de la salud, siendo muy consistentes con nuestros Premios Nobel Houssay, Leloir y Milstein. Los cuatro aportes mas notorios en este campo son los de la famosa técnica de “by pass” originada en la sabiduría del Dr. René Favaloro que la aplicó por primera vez en el Cleveland Clinic de Estados Unidos y luego su difusión causó una revolución en la cardiología mundial. Por otra parte, en 1969, el médico argentino Domingo Liotta junto con su colega norteamericano Denton Cooley, diseñó ,fabricó e implantó el primer “corazón artificial” en un ser humano.
Otro aporte importante son los trabajos del Dr. Julio Palmaz como desarrollador del primer “stent”, una malla metálica con forma de tubo que se usa en la angioplastía. Y finalmente la técnica del “echarpe cardíaco” desarrollado en Francia por el Dr. Juan Carlos Chachques, utilizada en enfermos con insuficiencia cardíaca refractaria a los tratamientos farmacológicos, que consiste en la inserción de células madre y electroestimulación para reactivar los tejidos infartados.
En otro campo donde la Argentina se ha destacado y viene destacándose es en el de agro alimentos, desde nuestro célebre y cuestionado “dulce de leche”, hasta los desarrollos de la “siembra directa” y su tecnología asociada de procesos y equipos, como los avances en biogenética con la “vaca artificial” y la “superpapa”. Estas contribuciones son expresiones hoy reconocidas como originales y de impacto en el mundo.
En tecnología, este relevamiento encontró como hecho destacado la identificación de las huellas dactilares, cuyo creador fue Juan Vucetich, un croata nacionalizado y empleado de la policía de la Provincia de Buenos Aires, quien propuso un sistema preciso y confiable que desde 1892 empezó a usarse a nivel internacional. Como hecho curioso y propio de la personalidad del autor, nunca aceptó patentar su invención pues siempre creyó que debía ser una contribución a la humanidad sin ninguna intención de lucro.
El otro aporte destacado de la Argentina, se originó también en otro extranjero, el húngaro Ladislao Biro, el inventor de la “birome” y dueño de 300 patentes, entre los cuales el más destacado es la caja automática de cambios que vendió a General Motors por 3000 dólares. Su lapicera a bolilla se empezó a construir en 1940 y luego se popularizo al comprarle sus derechos la compañía norteamericana Eversharp Faber.
Los alumnos además de estas innovaciones bastante conocidas encontraron dos hallazgos. En primer lugar que la primer marca “Internet” que se registró en el mundo fue de un argentino llamado Ernesto Rigoni, quien en 1953 la utilizó en la comercialización de prendas femeninas en su fábrica textil de Caballito. Lamentablemente para él, la cobertura de su marca cubría solo una clase específica y expiró en el tiempo. El otro hallazgo es más impactante, pues el primer antecedente del MP3, como sistema de compresión de audio lo diseñó el ingeniero argentino Oscar Bonello, dueño de la empresa Soledyne, quien precedió a la revolución del mundo digital. En 1988, presentó la primera placa digital de audio, de una dimensión inmensa frente a la evolución de la miniaturización de los chips actuales.
Finalmente, para seguir indagando sobre la capacidad de innovación de los argentinos, tendríamos ejemplos en la mecánica y en la aviación, pero sobre todo en las artes con los trabajos singulares de Borges, Cortazar, Piazzolla, Quino, Les Luthiers, entre tantos otros. Pero, volvamos a la esencia de nuestra nota. Innovador es aquél que siendo creativo, tiene la capacidad de resolver todas las dificultades y desafíos que requiere la tecnología, para que finalmente llegue a un consumidor o usuario y satisfaga una necesidad existente o nueva.
Por ello cuando en el ITBA, hablamos de estimular la innovación, sabemos que como argentinos somos muy creativos y capaces de encontrar soluciones; pero ¿tenemos la disciplina, la perseverancia, la pasión para llegar a destacarnos en el mundo de hoy con nuestros aportes? Como creemos que lo podemos lograr, ese es nuestro desafío estratégico como Universidad.